Marlene Catalina Herrera Díaz (QEPD)

In memoriam (texto extraido del libro "Desde mi piel: historias de vida de veinte mujeres de Chiapas en política" Editorial Glifos Comunicaciones A.C.)

  • Jefa de la Asesoría Económica de la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos (1976-1979)
  • Subdirectora de Formulación de Planes de la Dirección General de Planeación de la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos (1979-1982) 
  • Subsecretaria de Agricultura, Ganadería y Silvicultura de la Secretaría de Desarrollo Rural del Gobierno del Estado de Chiapas (1982-1984)
  • Directora general del Instituto de Seguridad Social de los Trabajadores del Estado de Chiapas (1987-1991)
  • Diputada federal en la LV Legislatura (1991-1994)
  • Diputada federal plurinominal en la LVII Legislatura (1997-2000)
  • Senadora suplente por el estado de Chiapas en las LVIII y LIX legislaturas (2000-2006) 
  • Diputada local plurinominal en la LXIV Legislatura (2010-2012)
  • Militante del Partido Revolucionario Institucional (PRI)

 

“Fortalecí las instituciones en las que estuve, siempre las fortalecí.”

Nací en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Soy egresada de la entonces Escuela de Economía (hoy Facultad) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), de donde me gradué con mención honorífica. Desde 1974 milito activamente en el PRI. He tenido experiencia en puestos administrativos a niveles estatal y federal, he sido dos veces diputada federal y una vez diputada local. Soy, sin temor a decirlo, la política chiapaneca con mayor conocimiento y experiencia en desarrollo económico, finanzas públicas, seguridad social y planeación.

Empecé a trabajar recién egresada de la carrera, primero como catedrática en la UNAM y posteriormente en la Asesoría Económica de la entonces Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos. Llegué ahí por recomendación de la propia Escuela de Economía, que me propuso como la mejor pasante de mi generación.

En 1976, cuando inició la campaña de José López Portillo a la presidencia de la República, participé en el Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales (IEPES) en la elaboración de un análisis y una propuesta sobre la política de asignación de recursos financieros del país, dirigidos por el doctor Martín Luis Guzmán Ferrer, que era mi jefe, y la maestra Ifigenia Martínez de Navarrete, quien era la directora de la Escuela Nacional de Economía cuando yo ingresé.

Cuando se dio el cambio de administración, Francisco Merino Rábago fue designado titular de la recién fusionada Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos y yo fui nombrada jefa de la Asesoría Económica. Tenía tan sólo 25 años. Mi nuevo cargo me permitió participar en varias de las asambleas del señor secretario, por lo que tuve oportunidad de asistir a las Reuniones de la República que el presidente José López Portillo instauró en distintas partes del país como Querétaro, Veracruz y Sonora. Después me nombraron directora de Formulación de Planes de esa misma secretaría y asesora del Plan Nacional Hidráulico y de la Comisión de Aguas del Valle de México.

A cargo de esa dirección coordiné la formulación de los primeros planes de desarrollo agropecuario de todos los estados del país. Entonces Carlos Salinas de Gortari era director general de Política Económica y Estadística de la Secretaría de Programación y Presupuesto, él coordinaba la formulación de todo el plan a nivel nacional. También participé en la formulación del Plan de Gobierno de Tabasco y del Plan de Gobierno de Oaxaca. 

El regreso a Chiapas

Radiqué en el Distrito Federal de 1968 a 1981. Regresé a Chiapas porque mi esposo, el doctor Epifanio Espinosa Morales, ya había terminado la especialidad en Ginecología y Obstetricia. Él ya estaba trabajando en el Hospital “Adolfo López Mateos” del ISSSTE y en lo que antes era el Hospital de Ginecobstetricia del Seguro Social en Francisco del Paso y Troncoso, pero lo que él deseaba era trabajar de manera independiente en su propio consultorio y regresar a Chiapas.

Yo tenía un puesto importante a nivel nacional y la decisión no era fácil, pero tenía un hijo de tres años, Luis Carlitos, y estaba embarazada de mi segundo hijo. Entonces, ya con dos niños, dije: “Me tengo que ir. No podemos estar separados. Tenemos que ser una familia integrada.” Pocos días después de nacido mi segundo hijo me vine a Chiapas, en diciembre de 1981. Mi bebé, Eduardito, tan sólo tenía seis días de nacido.

Le avisé a mi jefe que iba a regresar a Chiapas y recuerdo que me respondió: “Allá no te van a valorar.” Me dio seis meses con goce de sueldo y dijo: “Vete y regresas en seis meses”, él estaba seguro de que yo regresaría.Cuando llegué a Chiapas tuve mucha suerte porque ya se comentaba que el candidato a la gubernatura iba a ser el general Absalón Castellanos Domínguez; entonces, mi compadre y amigo el licenciado Milton Morales, quien sabía de mi experiencia en materia de planeación, me dijo: “Marlene, te invito a que participemos en la campaña del general y estemos en el Centro de Estudios Políticos Económicos y Sociales (CEPES).” Éste era el órgano técnico del partido. Milton fue nombrado director general del CEPES y coordinador de la campaña, y le planteó al general la propuesta de hacer un Plan de Gobierno. Hicimos el proyecto y el general lo aprobó.

Milton me nombró subdirectora del CEPES pero yo le dije: “No me puedo ir a trabajar a la oficina, pues mi bebé es muy pequeño y no tengo quién me ayude.” Sólo tenía a Irma, una chiquilla de 13 años que me ayudaba a cargar al bebé. Hasta la fecha Irma sigue conmigo, como parte de mi familia. Yo le dije a Milton: “Si quieres te ayudo con mucho gusto, pero desde mi casa. Mándame aquí a la gente.”

Y entonces se montó en mi casa una gran oficina, pusieron escritorios, máquinas de escribir, llegaron analistas y secretarias. Yo no salía de mi casa más que para asistir a reuniones. Así fue como empecé a trabajar en la campaña del general y al término de ella, con la colaboración de brillantes profesionistas y expertos de todo el estado, entregamos el Plan de Gobierno. Con un esquema de desarrollo regional, dividimos el estado en nueve regiones, lo que permitió la creación de nueve polos de desarrollo, facilitó la integración del estado y sentó las bases de su crecimiento.

Al inicio del gobierno del general fui nombrada subsecretaria de Desarrollo Rural de la Secretaría de Desarrollo Rural, con lo que me convertí en la primera mujer que formó parte del gabinete en Chiapas. Después nombraron a Lidia Abarca de Tapachula como subsecretaria de Educación. Éramos las únicas dos mujeres que formábamos parte del gobierno de Chiapas.

En Desarrollo Rural, con el apoyo del gobernador, implementamos programas de vanguardia. Instauramos en el estado los primeros invernaderos y de esa manera iniciamos la producción de flores de máxima calidad en la zona de los altos. Hicimos los primeros invernaderos en Zinacantán. Trajimos esquejes (brote joven de plantas) del Estado de México y Michoacán y nuestros técnicos fueron a esos estados para capacitarse en floricultura.

En realidad, en las comunidades indígenas ya se producía flores pero de otro tipo, no la de invernadero. Los pobladores aprendieron a hacer arreglos florales y les pusimos una florería, la primera de indígenas en Chiapas.

Con el trabajo y la visión de ingenieros agrónomos de gran prestigio y amor por Chiapas, como don Ernesto González Castillo, Vicente Martínez Vázquez, Sergio Lozano Chaires, Malcolm Gehrke Vélez y otros, iniciamos la producción de palma africana en el Soconusco, cardamomo en el norte y la selva del estado, rehabilitamos y sembramos plantaciones de café y cacao, se elevó la productividad en los cultivos de maíz, frijol, arroz, cacahuate, y nos convertimos en el principal granero de México y en el primer proveedor de carne al Distrito Federal.

En ganadería hicimos muchos programas de mejoramiento genético. Empezamos con el canje de sementales, compramos pies de cría de ganado suizo en Querétaro y en Estación Juárez, una localidad de Chiapas, así como de ganado cebú en Tonalá.

Rehabilitamos totalmente la Finca Santa Ana, propiedad del Gobierno del Estado, que estaba totalmente abandonada y en ruinas, para que ahí tuviéramos y reprodujéramos el ganado que íbamos a distribuir entre los ganaderos de todo el estado. Convertimos la finca en una escuela para los productores; ahí, durante una semana, tomaban cursos de inseminación artificial, manejo y siembra de pastizales, sanidad animal, entre otros. También, en las instalaciones de la Secretaría en La Chacona establecimos una escuela similar.

En los altos, para apoyar a nuestros indígenas, hicimos de La Albarrada un gran centro de capacitación en el que se impartía clases de horticultura, floricultura, fruticultura, ovinocultura , artesanías, mejoramiento y construcción de viviendas, así como atención del parto, primeros auxilios, higiene y otros.

Además de los programas de agricultura, horticultura, floricultura y ganadería, empezamos a hacer granjas de camarones en la costa, se construyó bordos y promovimos la piscicultura, la apicultura, la avicultura, manejada principalmente por mujeres campesinas; se construyó patios de secado y beneficios de café , fábricas de quesos, una empacadora de cacahuate y envasadora de miel. También estuvimos a cargo del establecimiento y la construcción de los nuevos centros de población para las personas afectadas por la erupción del volcán Chichonal en 1982. Desarrollo Rural fue una experiencia inolvidable, pero renuncié en 1985 luego del fallecimiento de mi segundo hijo. Eduardito murió en abril de ese mismo año. El niño tenía tres años, tres meses, y tras su muerte yo caí en una gran depresión.

No podía seguir trabajando. Me sentía mal. Surgió en mí el sentimiento de culpa que luego asalta a las madres que trabajan y me salí de trabajar. Pero el gobernador me ayudó, no quiso que me fuera a casa y me nombró directora del CEPES. Allí coordiné la formulación de los planes de gobierno para todos los municipios del estado con los que en ese momento eran aún candidatos. Ésa fue la primera vez que los presidentes municipales rindieron protesta presentando un plan de gobierno y creo que eso nunca ha vuelto a suceder.

En el partido, además de colaborar en el CEPES, he tenido el honor de ser secretaria general del Comité Directivo Estatal, delegada en varios distritos del estado, miembro del Consejo Político Nacional y del Estatal; he participado en todas las asambleas nacionales desde la XII hasta la última que fue la XXI y  en las comisiones deliberadoras y de dictamen previas y encabezado la delegación de Chiapas en la Mesa de Programa de Acción.

Abriendo brecha

 En 1987 asumí uno de los cargos que me ha dejado mayores satisfacciones y significado uno de los más grandes retos: la dirección general del Instituto de Seguridad Social de los Trabajadores del Estado de Chiapas (ISSTECH).

Cuando entré al ISSTECH los estudios actuariales señalaban que el instituto estaba en una muy mala situación financiera: tenía una reserva técnica de 10 por ciento cuando, con base en la recomendación actuarial, debería ser de 18; cabe señalar que, al fundarse en 1982, no se creó una reserva técnica inicial para garantizar las pensiones de todos los trabajadores que se aseguraban y que ya tenían muchos años de servicio. Cuando yo salí, dejé una reserva técnica de 27 por ciento. La dejé en bancos y con ello quedaba garantizada la vida del instituto.

Cuando recién ingresé, el instituto no tenía un servicio médico independiente, dependíamos del ISSSTE. Por lo tanto, nosotros realizamos las acciones que nos permitieron independizarnos y otorgar un servicio de primera calidad a los trabajadores, les proporcionábamos medicina de primera, no genéricos. Comprábamos todos los medicamentos con los laboratorios y eso significaba un menor precio. Si me daban mercancía sin cargo, eso quedaba registrado en las facturas. Yo nunca tomé un peso ni pedí porcentaje de alguna dependencia. Nunca pagué ni una sola comida ni invité a nadie a comer con dinero de la institución. El ISSTECH fue un reto fuerte, pero me dejó muchas satisfacciones, y los maestros y burócratas a los que servimos estuvieron siempre satisfechos.

Construimos e inauguramos los hospitales de segundo nivel de atención de Tuxtla Gutiérrez y Tapachula, las clínicas de Pichucalco y Palenque, y aseguramos el servicio médico a los derechohabientes del ISSTECh en todo el estado. Para garantizar la atención médica de tercer nivel, firmamos convenios con los institutos nacionales, como los de Cardiología, Neurología y Nutrición. Para apoyar la economía de nuestros asegurados, fueron establecidas 12 tiendas del instituto en las que se garantizaba los mejores precios de los productos que requerían para sus hogares. Esta acción permitió además que el ISSTECH tuviera ingresos propios y no dependiera sólo de las cuotas y las aportaciones como lo hace hoy. Nuestras 12 tiendas tenían buenas utilidades, excepto la de Simojovel, porque establecimos un compromiso con los derechohabientes de mantener los mismos precios que en el resto del estado, pero los proveedores no llevaban la mercancía hasta Simojovel, la dejaban en Tuxtla, y nosotros teníamos que pagar el transporte de Tuxtla para allá. Eso significaba un costo adicional, por eso tuvimos en esa población muy pequeños márgenes de utilidad e incluso pérdidas.

Estuve en el ISSTECH de 1987 a 1991, después fui oficial mayor del Gobierno del Chiapas en 1992 y de 1994 a 1995 coordinadora general del Comité de Planeación y Desarrollo (Coplade), lo que es hoy la Secretaría de Planeación. Cuando ingresé al Coplade, los delegados federales hacían lo que querían sin informarle al gobernador. Cuando yo llegué los puse en cintura. Les dije: “No se hace en Chiapas ni un sólo programa sin la autorización del Gobierno del Estado.” El gobernador tenía que autorizar todo lo que se iba a hacer en la entidad, como debe ser.

En suma, en la administración pública he tenido el honor de servir en Chiapas con cuatro gobernadores: Absalón Castellanos, Patrocinio González, Eduardo Robledo y Julio César Ruiz Ferro, y en mi carrera he contado con la colaboración de un gran equipo de trabajo, entre los que se encuentran Carlos Macías, Ezequiel Cruz, Héctor López, Javier Valdez, Armando Cortés, Andrés Fábregas, Miguel Ángel Yépez, Arturo Mendoza, Jorge Figueroa, Nadia Chacón, Marcos Baca, Francisco Martínez Paniagua, Marcos Castillo, Martha Díaz Carreón, Ivonne Muciño, Ricardo Poery y los ya finados Delina Montesinos, Lydia Prieto, Joel Vite, Aurea Suárez y Francisco Narváez.

Mi carrera política no ha sido fácil, siempre he tenido que abrir brecha y es pesado. Me he hecho a base de esfuerzo y he demostrado, con base en resultados, que soy la mejor. A lo largo de mi carrera he combinado el trabajo docente con la función administrativa y las labores legislativa y política. Fui diputada federal en la LV Legislatura (1991-1994), diputada federal plurinominal en la LVII Legislatura (1997-2000), senadora suplente por el estado de Chiapas en la LVIII y LIX legislaturas (2000-2006) y diputada local plurinominal en la LXIV Legislatura (2010-2012).

En el Congreso tuve el honor de participar en las comisiones más importantes. Fui integrante de las comisiones de Gobernación, Planeación y Presupuesto, Energéticos y Seguridad Social; además, fui secretaria de Estudios Legislativos y presidenta de la Comisión de Planeación en Chiapas. Muchas veces colaboré en la Comisión Permanente del H. Congreso de la Unión, por lo que tuve la oportunidad de participar en el debate, en comisiones y en el pleno, de los grandes temas nacionales como la aprobación de los presupuestos anuales, las reformas a las leyes del seguro social, de energía y diversas reformas constitucionales. Al iniciar la LVII Legislatura, con el apoyo de mis compañeros de los estados más pobres del país, conseguimos el cambio de criterio para el otorgamiento de los recursos del fondo de aportaciones para la infraestructura social. A partir de 1997 dejó de otorgarse bajo el criterio de población y se empezó con el de marginación, con lo cual los recursos asignados a nuestro estado se incrementaron sustancialmente, lo que ha significado miles de millones de pesos para la entidad. 

Reconozco que por mi manera de ser pude haber tenido diferencias con algunos compañeros en el debate, la discusión o el análisis de algunos temas o problemas, ya que cuando participo en una reunión de trabajo siempre doy a conocer mi opinión. Me gusta debatir, no me importa si es con un gobernador, un secretario, un maestro de la universidad o un estudiante. Yo participo en la discusión y presento mis argumentos, y en muchas ocasiones he demostrado que tengo la razón, pero también sé escuchar y acepto la opinión de otros cuando la sustentan con argumentos válidos y razonados.

Estoy convencida de que soy muy buena en lo que hago, por eso considero que en política debería haber obtenido mucho más. En algún momento me pidieron que me inscribiera como precandidata a la gubernatura, pero no acepté porque ya me había comprometido a apoyar a otro compañero. Ahora reflexiono que debí aceptar la invitación porque en política se requiere aprovechar siempre las oportunidades cuando se presentan y como precandidata pude haber negociado otra posición política. Nunca se debe desaprovechar una ocasión.

Actualmente estoy más enfocada en la Presidencia de la Asociación de Diputados de la LVII Legislatura, en el Foro Estatal de Legisladores, en la investigación, impartiendo conferencias cuando me lo solicitan y en cuestiones mías, privadas. Soy una mujer feliz, con un matrimonio de casi 40 años, con una familia bien integrada en la que prevalece el amor, con dos hijos excelentes, Luis Carlos, de 36 años, licenciado en Sistemas Computacionales y Administrativos, quien tiene una empresa que proporciona consultoría, análisis, diseño y desarrollo de sistemas computacionales a empresas e instituciones que solicitan dichos servicios para mejorar su administración, y Jesús Alejandro, de 28 años, economista, Premio Nacional de Economía, con una maestría en Oxford en Estudios Latinoamericanos,  actualmente cursando el doctorado en Política Económica en la misma Universidad de Oxford.

Por supuesto, como buena política, me gustaría volver a ocupar un lugar desde donde pueda seguir sirviendo a mi estado, a mi país. Me gustaría, por ejemplo, coadyuvar al desarrollo de las regiones del estado de Chiapas aprovechando las potencialidades que cada una de ellas tiene y fomentar la creación de empleos, combatir la pobreza y la desigualdad.

 Mis padres, ejemplo de perseverancia y equidad

Mi origen es humilde. Soy la mayor de cinco hermanos, tres mujeres y dos hombres. Mi padre se llamaba Cándido Herrera Ruiz y era de San Cristóbal de Las Casas; mi madre, Mercedes Díaz Grajales, de Chiapa de Corzo. Mis padres se dedicaban a la compra y venta de semillas y siempre fueron para mí y mis hermanos un ejemplo de perseverancia y superación personal. Ambos trabajaban al parejo y se trataban con gran respeto.

Trabajaban desde las cinco de la mañana hasta muy altas horas de la tarde, y a veces de la noche. Nosotros crecimos en una familia donde había una absoluta igualdad. Mi madre nunca fue una subordinada ni mucho menos una sierva de mi padre, como ocurría en la mayoría de las familias chiapanecas de esa época. Cualquiera de los dos firmaba sus cuentas de cheques. Mi madre podía disponer de lo que quisiera. Mi papá nunca le pidió cuentas y jamás compró o decidió algo si mi mamá no estaba de acuerdo. Entonces, vengo de una familia donde se practicaba la equidad de género.

Al terminar de estudiar la preparatoria en Chiapas y, dado que las únicas posibilidades de educación superior eran estudiar en la Normal, o Contabilidad, Ingeniería o Derecho en San Cristóbal de Las Casas, le dije a mi padre que no deseaba dedicarme a esas profesiones, que yo quería estudiar Economía, y esa carrera la impartía la UNAM. La condición que me puso fue que si quería irme a la Ciudad de México tendría que vivir en una casa de señoritas atendida por religiosas.

La verdad, mi papá no quería que fuera a México. Quien me apoyó fue mi mamá. Dijo: “Si Marlene quiere irse, debemos apoyarla.” Como mi papá se resistía a dejar que su niña se fuera lejos -yo acababa de cumplir 17 años-, mi mamá le dijo a mi padre: “O la dejas que se vaya o me voy con ella, pero se va a estudiar.”

Como me enfoqué en el estudio, no resultó complicado vivir en la Ciudad de México. En todo caso, fue un poco difícil el tema de la comida, porque con las monjas los alimentos eran racionados y cocinaban de una manera distinta a la que yo estaba acostumbrada. Además, mis papás decidieron que no iban a darme mucho dinero para que no me fuera a desviar del camino. Me mandaban apenas lo justo.

La Escuela Nacional de Economía era la vanguardia de la universidad. En aquel entonces la formación era marxista y todos mis maestros tenían un gran compromiso social. Eran críticos de la situación económica y política que imperaba en México. Ese era el perfil general de todos mis maestros. Recuerdo con cariño a mis profesores José Luis Ceceña, Solón Zabre, ya fallecidos, a Rolando Cordera, Juvencio Wing, académicos de renombre a nivel nacional, y a Ciro Velasco, quien fue mi coordinador de tesis.

A mi esposo lo conocí en la secundaria, en el ICACH. Fuimos compañeros de escuela y ambos teníamos tan sólo 14 años. Nos hicimos novios en la preparatoria. Yo tenía una relación de noviazgo con él a escondidas porque no me dejaban tener novio y menos si quería irme a estudiar a México. Pero cuando yo me fui él también se fue a estudiar a la UNAM, ingresó en la Facultad de Medicina y yo a la Escuela de Economía. Nos casamos al terminar la carrera.

Yo empecé a trabajar a los 23 años y tuve mi primera responsabilidad importante a los 25. Mi paso por la UNAM fue fundamental, pero antes estuve en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), que sigue siendo una de las mejores escuelas del país y a la cual asistía gente de muchísimo dinero. Durante esos meses no me sentí bien, la enseñanza era muy buena pero mis compañeros tenían costumbres distintas a las mías, usaban ropa diferente a la que yo usaba y llegaban en unos carros de lujo. Todo era muy distinto.

Yo quería estar en la UNAM, pero justo cuando terminé la preparatoria había concluido el movimiento estudiantil del 68; tenía que esperar seis meses a que se normalizaran las actividades en la universidad y reanudaran las clases. Como sentía que estaba perdiendo demasiado tiempo, mejor me inscribí en el ITAM.

En cuanto pude me cambié a la UNAM y ahí me sentí muy bien. Los muchachos eran como yo, la misma manera de ser, gente de pueblo. Mi estancia en la universidad, sobre todo en la Escuela de Economía, fortaleció mis inquietudes de ayudar a los más necesitados, apoyar a los campesinos, combatir la pobreza, la miseria.

En la Escuela de Economía todos teníamos tendencias de izquierda y un espíritu de servicio, de apoyo, de crítica a la desigualdad, a la muy mala distribución de la riqueza, a todos los problemas que presentaba y sigue presentando México. Entonces me fortaleció mucho esa idea de que si uno debe tener misiones, la principal debe ser servir a los demás. Por esta razón me defino como de centro-izquierda.

Entré por convicción a la administración pública y por ello mis compañeros me criticaron. Yo ya estaba dando clases en la UNAM y me pude haber quedado ahí para posteriormente hacer un doctorado, pasar al Instituto de Investigaciones Económicas y tener otro tipo de vida, pero no lo hice. En ese momento el maestro Ceceña, quien era el director de la Escuela de Economía, me habló de la oportunidad de formar parte del grupo de asesores de la Secretaría de Recursos Hidráulicos, así que dejé la academia y emprendí una vida distinta a la que eligió la mayor parte de mis compañeros de la universidad. Pensé que si quería ayudar realmente a la gente tenía que estar dentro del gobierno, porque no quería solamente cuestionar y criticar, yo quería tener la oportunidad de estar en una posición que me permitiera participar y tomar decisiones, actuar, hacer, servir, no sólo criticar, trabajar en favor de la gente.

Pienso que para triunfar se requiere ser los mejores en todo. Así fui educada. Aunque he ocupado puestos importantes en la administración pública y he tenido una fuerte actividad política, nunca he descuidado a mi familia. Siempre me he asegurado de que mi casa esté limpia y las cosas estén en su lugar, de que comamos juntos, haya comida saludable en la casa y nunca falten en el refrigerador carne, leche, jugos, frutas. Siempre les revisé las tareas a mis hijos y les exigí buenas calificaciones, nunca menos de diez o cuando menos nueve. Mi esposo y yo siempre estuvimos al tanto de ellos, de su rendimiento escolar, vigilando con quién salían y a dónde iban, conociendo a sus amigos, invitándolos a la casa. Mi marido siempre iba por ellos cuando salían a alguna reunión en la noche, y cuando ya estaban estudiando la carrera en el Tecnológico de Monterrey, en Monterrey, cada mes iba a verlos, a surtirles la despensa, a cocinarles y a estar con ellos un fin de semana.

Me gusta trabajar con mujeres que desean prosperar y que pueden trabajar al mismo ritmo que yo. Para quienes están casadas, el apoyo de los esposos es fundamental. En Chiapas, a pesar de las limitaciones que existen y los prejuicios sociales, una mujer preparada, honesta y trabajadora es capaz de triunfar en los aspectos profesional y familiar.

Mi esposo y yo jalamos al parejo, pero creo firmemente que la mujer es el pilar de la familia. Yo soy muy disciplinada y siempre he tenido un fuerte ritmo de trabajo. Cuando estaba en algún puesto público me levantaba a las cinco o seis de la mañana, mi esposo bañaba a los niños y yo los vestía y peinaba, vigilaba que desayunaran bien y llevaran su almuerzo. Mi esposo los llevaba a la escuela y entonces yo me alistaba para irme a trabajar. Regresaba a comer a la casa a las cuatro de la tarde y mientras comía, a pesar del poco tiempo libre del que disponía, ayudaba a mis hijos con sus tareas; cuando regresaba del trabajo, algunas veces a la una o dos de la mañana, revisaba las mochilas y los uniformes de los niños, y si, por ejemplo, los zapatos no estaban boleados, yo los boleaba a esa hora. Con frecuencia dormía solamente unas cuatro horas.

A lo largo de mi carrera profesional he logrado resultados concretos en áreas tan diversas como la docencia, la planeación, el desarrollo rural, la seguridad social, la administración pública y la labor legislativa.

Éste es el secreto para ser siempre el mejor en todo: preparación, perseverancia y disciplina.